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Arte

Catálogo de letras: mis primeros trabajos de diseño

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Hoy les voy a presumir un poco de mis primeros trabajos. Es de 1984, o sea, a los 13 años. Tomaba cuadernos de apuntes de la escuela y desde atrás, comenzaba a dibujar letras que copiaba de un catálogo de letras transferibles de Mecanorma que mi papá tenía en la casa. Al año siguiente, ya compré un cuaderno para empezar uno más en forma. En total hice 4, uno por año hasta 1987. Las imágenes son de los primeros dos.

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Comenzaba copiando sin sentido alguno las letras, incluso las hojas técnicas. Después veía una fuente que me gustaba, como la de Pacman y entonces completaba el alfabeto. Sí, era súper ñoño.

 

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Proyecciones de tipografía

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Es de noche y mientras caminamos por la calle dejo de escuchar lo que me están diciendo, llegamos a un espacio abierto en la ciudad de Philadelphia, la entrada de un hospital, coloreado con jardines, edificios de ladrillo rojo y como protagonista, una feria tipográfica que se proyecta en todos lados donde llega la luz desde el pequeño cilindro de metal. Un deleite.

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El regreso del pensamiento conservador

El nuestro mundo todo es cíclico. Desde la naturaleza que de vez en cuando pide un infriamiento terráqueo, el día y la noche y las estaciones del año, hasta las conductas humanas, como las modas, por ejemplo.

La conducta humana podemos medirla fácilmente desde el arte, donde se plasma la evolución del pensamiento y conductas de la época. En los años sesenta inicia la época moderna, en la que el común denominador era: “todo lo que antes estaba mal, ahora está bien”. Andy Warhol, uno de sus mayores exponentes, toma objetos cotidianos como las latas de sopa Campbell’s y las convierte en arte. Este pensamiento evolucionó en los noventa y hasta nuestros días, la era posmoderna, cuya premisa afirma que “todo lo que antes estaba mal, hoy está bien, y lo que antes estaba bien, sigue estando bien”, en otras palabras: todo se vale. La era informática ha contribuido enormemente a esta corriente porque nos expone todo lo que pasa en el mundo. Antes, por ejemplo, para contemplar el trabajo de artista japonés debía venir a México respaldado por su trayectoria para poderlo valorar. Hoy, podemos ingresar a sitios en internet y encontrar el trabajo de alguien y admirarlo sin siquiera saber su identidad. Vemos en objetos de diseño estilos góticos mezclados con minimalismo, así como en música escuchar un disco de rock con ritmo de cumbia.

También lo vemos en la apertura de pensamiento, donde los movimientos gays, históricamente condenados, hoy se regordean desfilando en las principales ciudades del mundo exhibiendo la libertad de la que gozan y condenando a quienes los enfrentan llamándolos intolerantes y homofóbicos. También salen los emos y los nacos, otrora insulto y hoy símbolo de pertenecer a los barrios bajos. Se pueden combinar los trajes con tenis y los vestidos elegantes con mallas fluorescentes.

Con todo ésto, el pensamiento da vuelta una vez más para tratar de balancear el exceso de libertades en el tan temido regreso del conservadurismo. En los últimos diez años han regresado al poder en naciones desarrolladas gobernantes cuya bandera se basa en la discriminación y xenofobia. Como contrapeso a la migración de países subdesarrollados evolucionan en mensajes que buscan la pureza racial de la zona y ganar el terreno que los migrantes les han ido quitando, con mano de obra barata y alta disposición al trabajo pesado.

En México nos cuesta mucho trabajo entender el problema que se vive en Estados Unidos. Aquí no debemos convivir con gente de diferentes nacionalidades porque no vivimos con ellas. En la escuela, en el metro, en la calle, solo se escucha español y con poca frecuencia vemos grupos sociales que buscan mantener su identidad racial a través de sus vestimentas y costumbres. Recuerdo que en Nueva York llegué a contar más de cinco nacionalidades distintas en la sección del vagón del metro donde viajaba. Aunque la raza anglosajona predomina, los latinos, indúes, africanos, árabes y asiáticos migran indiscriminadamente, pero no adoptando los usos y costumbres locales, sino imponiendo los suyos ayudados por la cantidad de gente en las mismas condiciones. Aunado a la baja de oportunidades para los locales se crea de forma natural un contrapeso que busca equilibrarse, traducido en el regreso del pensamiento nacionalista que pudimos ver en las pasadas elecciones en el congreso de Estados Unidos, donde un movimiento de derecha y consevador llamado The Tea Party, ayuda a los republicanos a tomar posesión del país a través de las cámaras del congreso. Este partido, a favor del actuar mirando a los de adentro, promueve por ejemplo, el derecho a la portabilidad de armas.

Recordemos que conceptos tan enraizados en nuestra constitución del pensamiento no siempre han sido vigentes, como los derechos humanos, de los niños, laborales, la libertad de expresión, de culto, la libertad e igualdad. Son conceptos nuevos, que no tienen más de cien años. Nosotros los consideramos parte de nuestro día a día porque nacimos bajo ellas, pero si el mundo a lo largo de su historia se ha conducido de formas muy diversas, muy controladoras, y no no es extrañe estos pensamientos regresen a la cabeza de los gobiernos ayudados por el pueblo.

Nuestro mundo, en los próximos años, no vivirá guerras entre países como batallas hacia adentro, entre comunidades y grupos raciales. Países como Inglaterra, España y Estados Unidos han vivido en carne propia el odio hacia su cultura y ha repercutido en la forma en que miran a sus extranjeros. No es extraño el regreso de la discriminación se empieza a asomar.

La mercadotecnia se queda con todo el arte

La tienda insignia de Abercrombie & Fitch en la quinta avenida de Nueva York tiene el común denominador que todas las demás: Persianas de madera que oscurecen el interior y solo la luz directa deja ver la ropa exhibida, música a todo volumen, un olor inconfundible y los “modelos”, como se les llama a los empleados (en otras empresas se llaman “asociados”, por ejemplo) paseándose por toda la tienda. Sin embargo, esta tienda, de cuatro pisos, tiene en las escaleras unos murales finamente elaborados, con retratos de constructores y trabajadores de distintas épocas. Lo que me llama la atención es el trabajo tan elaborado de estos retratos, comparables con los que hiciera Diego Rivera en su época (con todas las proporciones guardadas, claro está).

Por otro lado, en un centro comercial de la misma ciudad, se exhiben en plena época mundialista una serie de cuadros de cada una de las selecciones que jugaron en Sudáfrica. La exposición cuenta pues con 32 cuadros es patrocinada por ESPN —canal de deportes que tiene la exlusiva de transmisiones de los partidos en Estados Unidos— en donde cada selección aparece de forma autóctona. La de México, por ejemplo, muestra al técnico Javier Aguirre y a varios seleccionados parados sobre una pirámide, como estudiando la forma de apoderarse de todo lo que está a sus pies.

Finalmente, la tienda de All Saints Spitafields en SoHo, en cuya vitrina aparecen cientos de máquinas de coser de mediados del siglo pasado, perfectamente formadas, ocupando todo el escaparate y muy al estilo de las latas de sopas Campbell’s de Andy Warhol. Igualmente en su interior, un maniquí vistiendo la ropa de la marca sentada sobre una silla eléctrica real. Una imagen tan estremecedora como las que se pueden ver constantemente en los museos de arte moderno actualmente.

All Saints Spitafields en SoHo

Estos tres ejemplos sirven para ilustrar lo que creo es una muy fuerte tendencia. Si bien el arte siempre ha caminado sobre una línea muy delgada que la separa de la mercadotecnia y publicidad, hoy en día los mecenas del arte son precisamente las grandes marcas cuyo principal objetivo es decorar sus tiendas de forma espectacular. Basta con acercarse a las tiendas de Nike o Adidas, a los aparadores de Louis Vuiton o de Zara para ver la ropa y productos que venden en un ambiente perfectamente pensado, muy creativo y original, digno de cualquier museo de arte contemporáneo.

No considero esta tendencia como algo malo, puesto que la visión y el talento se mueven hacia donde hay tierra fértil para la creatividad, pero estas manifestaciones, al estar tan de cerca con elementos efímeros como son las temporadas de moda o los grandes eventos masivos, tienden a desaparecer con la misma rapidez. Cuando Abercrombie & Fitch dé un giro en su forma de mercadotecnia seguramente desaparecerán los murales tan elaborados, así como las máquinas de coser o la silla eléctrica.

Por el contrario, por poner solo un ejemplo, si uno camina por las calles de Ciudad Nezahualcóyotl en la ciudad de México —zona popular y muy populada—, la carencia de elementos visuales es total, las casas se ordenan una tras otra indefinidamente y solo se interrumpen por pequeñas tiendas de barrio, calles congestionadas o algún parque. La ruptura entre el arte y las clases bajas está en proporción directa al goce de un buen aparador en una tienda de lujo. Mi pregunta es ¿no habrá alguna forma de revertir ésto?, ¿de buscar que el arte tan efímero que adorna los aparadores se traslade a este otro donde ni siquiera las casas tienen pintura?

Creo los gobiernos y las empresas privadas tienen una gran oportunidad para crear una forma alterna para disfrutar este arte tan desperdiciado. No hablo de crear museos o exposiciones al aire libre, sino de una integración a la configuración y estética citadina.

Hablo del metro (en París, las estaciones de la línea principal, cada una tiene un tema distinto y es permanente; en México la estación Insurgentes, por ejemplo, está ambientada como si fuera una estación en Londres o la de Bellas Artes, con piezas prehispánicas), de las estaciones de autobuses, de las plazas públicas, de los parques que se forman en los distribuidores visuales, de las oficinas de gobierno, en fin, de instancias que no cambian fácilmente y que no están sujetas a modas, eventos o ambientes comerciales. Sería una gran ganancia para la población y para las ciudades, para no detenerse en la historia sino mantenerse vivas, vigentes y siempre interesantes.

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