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Son las 5 de la tarde de sábado en Tokyo y en la estación de metro Harajyuku comienzan a transitar decenas de jóvenes nipones para dirigirse al Parque Yoyogi. Para ello, deben caminar por una calle de pequeños puestos ambulantes que venden toda clase de baratijas, desde lentes oscuros hasta medias, todo con diseño posmoderno y futurista. Ahí se pueden hacer de los accesorios que les falten para participar en un ritual moderno de pasearse y convivir luciendo modas que van más allá de lo que cualquier cultura pudiera atreverse.

No es exageración. Este desfile es fiel reflejo de la audacia con la que los jóvenes japoneses han llevado la forma de vestir y comportarse para transformarse en una cultura que no se parece a ninguna otra.

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En México, son las 6 de la tarde de un domingo Tequisquiapan, y en el pequeño zócalo de este pintoresco pueblo, hombres y mujeres —todos casaderos— forman círculos separados, uno adentro de otro y comienzan a dar vueltas en sentidos opuestos ante las miradas de los turistas que no dejan de tomar fotos con sus celulares. Este ritual marca la tradición para encontrar pareja. Mientras que a 250 km de distancia, en la ciudad de México, en las plazas conflujen mayores cantidades de jóvenes para pasear, mirar y sentirse mirados. Hay cierto parecido entre estos dos rituales, tan cercanos en cuanto a objetivo pero totalmente alejados por entornos culturalmente opuestos.

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En Japón, como si se tratara de un videojuego, cada estación del metro tiene su melodía, compuesta por un órgano melódico como el de un parque de beisbol, las edecanes visten como personajes de historietas, los anuncios prevalecen con el inconfundible estilo ilustrativo —manga y anime— que han hecho famosas tantas series animadas exportadas al mundo entero y la tecnología se vive al máximo en los atiborrados vagones del metro.

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Al otro lado del Pacífico, un país se ha ido construyendo paralelamente. Mientras los señores feudales de Japón vivían en haciendas con grandes plantaciones de arroz, en México se criaban bueyes y vacas para el consumo diario, en Japón los luchadores de sumo tienen su contraparte con los charros en el jaripeo, el sake es el tequila, el beisbol es el futbol, las geishas son las adelitas (con sus respectivas diferencias), el kimono es el traje de charro, el sushi son los tacos, el arroz los frijoles, Koh+ es Belinda y Mazinger Z, María la del Barrio. No dejando atrás algunos complejos como los ojos rasgados contra el color bronceado de la piel. Sin embargo, existe una gran diferencia entre las dos culturas, y tiene que ver con dos hechos sobresalientes: en México hubo una conquista, que no solamente reescribió la forma de ver y vivir al mundo sino el gran complejo de conquistados que dejó en los mexicanos; el segundo, la casi siempre más malévola que benéfica vecindad con Estados Unidos. Curiosamente Japón no cuenta con ninguna de ellas, pero mientras los Estados Unidos la bombardeó matando a miles de civiles —un hecho por demás histórico que igualmente marcó un parteaguas en la historia de este país—, ha sido invadida de igual forma por toda la tecnología y forma de vida occidental.

En punto de esta reflexión está en el camino que cada una de las culturas ha tomado, y cómo podríamos nosotros enriquecernos tomando como referencia a un país como Japón, que aunque ha sido invadido por la tecnología, televisión y una cultura extraña la ha asimilado de una manera por demás asombrosa, combinándola con sus tradiciones culturales y sociales en una evolución natural de la que han sido también partícipes. Gracias a que no han dejado morir ciertas características —que si bien no pueden catalogarse como socialmente tan correctas en esta nueva forma de vivir—, han traducido ciertos aspectos culturales para abordarlos desde una visión única: la cultura del trabajo, del respeto a los ancianos, de la disciplina para estudiar y un alto sentido de ética y renombre se nutren las nuevas generaciones para transformarse en zapatos de grandes plataformas, combinaciones de ropa extravagantes, colores muy vivos en sus publicidades y un mercado propio que consume ferozmente.

Aquí, gracias al posmodernismo estamos encontrando en objetos antiguos una nueva forma de reinterpretación de la cultura mexicana: el santo, los taxis verdes, la Catrina de Posadas, los charros y el tequila para transformarlos en algo que aún no termina de cobrar forma, de lo que espero se forme la nueva cultura mexicana. Sin embargo, nuestros miedos por ser «invadidos occidentalmente» no nos dan la libertad necesaria para jugar con lo que fuimos, somos y queremos ser, terminamos siendo o totalmente tradicionalistas como en Tequisquiapan o modernos como en las plazas, en vez de encontrar esa combinación de elementos que nos pongan en un auténtico punto medio. Queremos rescatar tradiciones que aún no se han perdido, pero que de alguna forma sentimos se nos están yendo de las manos para dar lugar a la nueva forma de pensamiento del siglo XXI, sin darnos cuenta que la verdadera riqueza está en la combinación de ambas, en lo local y lo que viene de afuera, para lograr tener una nueva cultura mexicana, una forma de ver de diseñar al México contemporáneo.

Necesitamos dejar de ver lo extranjero como mejor o invasivo y aprender a tratarlo como igual e irrespetuoso. Si logramos cuajar este pensamiento en las próximas generaciones, asmilando un alto sentido de ética encontraremos una mina de oro, una ventana hacia el nuevo México, habitado por mexicanos del nuevo siglo.