Un ejercicio tras la búsqueda por encontrar estrategias para motivar a los alumnos a ser mejores diseñadores en vez de sacar diez.

Uno en la universidad se topa con todo tipo de maestros, —sin importar sea pública o privada— todos tuvimos un maestro fuera de su materia de experiencia, uno flojo que nunca leía los largos ensayos que nos dejó y otro que daba clase porque no era lo suficientemente bueno para ejercer. Por otro lado, también tuvimos maestros que se apasionaban con su materia y que incluso van más allá del salón de clases, que logran transmitir a sus alumnos su pasión por el diseño o donde el sueldo no resulta el factor primordial para ejercer. Esta democracia, donde los maestros excelentes, buenos, regulares y malos confluyen en los mismos salones y se cruzan por los pasillos muestran una preocupación general: ¿Cómo calificar adecuadamente a los alumnos?

El sistema de enseñanza en México y quizá el más abundante en el mundo, se basa en una escala donde a cualquier trabajo, entrega, prueba o proyecto corresponde una calificación. Resulta un sistema tan lógico, porque permite medir el esfuerzo, conocimiento, dedicación, técnica y cualquier otro componente, que mantiene un status quo y un ritmo para medir el crecimiento del alumno.

A mí siempre —para ser totalmente sincero— me ha causado un poco de incomodidad poner calificaciones. Conforme voy llenando las listas pienso en mis alumnos: quién realizó un mayor esfuerzo, otro que dio un gran brinco, el más avanzado que no entregó revisiones y siguen las confusiones: alumnos brillantes cuyos trabajos mediocres resultan mejores que aquellos que sin serlo, hicieron un gran esfuerzo por alcanzar el nivel. Mientras esto sucede en la soledad de un escritorio, los alumnos se quejan que no es posible compartir el mismo título con alguien que no es lo suficientemente capaz como ellos; los recién egresados, afirman en sus primeros trabajos «eso no me lo enseñaron en la escuela» y se quejan en los foros sobre la falta que hace una docencia ejecutiva, que te enseñen el mundo real.

¿Es posible enseñar el mundo real adentro de las aulas?

Normalemente los maestros que ejercemos el diseño pensamos siempre en técnicas y métodos novedosos para reducir esta brecha entre el mundo académico y el profesional.

El símil más común es convertir al maestro en cliente. Comenzar a ver al alumno como el proveedor de un servicio de diseño a quien a cambio se le pagará con la moneda corriente institucional: una calificación. Se le exige al proveedor una vestimenta y lenguaje propios, una presentación profesional y en los más osados, proyecciones de ventas y planes financieros para la ejecución del diseño. Hay quienes deseando llevar la experiencia al máximo, le exigen al alumno una facturación mínima durante el curso, junto con toda la carga administrativa que conlleva como darse de alta ante Hacienda y generando sus sistemas de facturación. En otros casos, se invitan a profesionales del medio o colegas ajenos a la clase para fundamentar una calificación sin desviaciones de tipo personal.

Todas estas experiencias definitivamente dejan ver un poco de la realidad profesional en el ejercicio del diseño, aunque también solemos muchas veces pasar por alto algunos aspectos implícitos donde convergen estos dos mundos, y en los que basta con hacerlos conscientes para poder explotarlos en su debida dimensión. A continuación algunos ejemplos:

  • En esta democracia de docentes, es igual a la de los clientes o jefes con quienes conviviremos: existen buenos y malos maestros, clientes buenos y malos, jefes buenos y malos. En los tres casos habrá con quienes logremos congeniar desde el primer momento u odiarlos, y a quienes debemos ganárnoslos buscando estrategias de acercamiento o que nunca lograremos darles gusto, quienes no serán nuestros amigos, pero tendremos una buena relación profesional y viceversa, aquellos que serán muy injustos y hasta actuarán con malicia en contra nuestra y al contrario de quienes nos convertiremos en sus consentidos o mejor aún, en sus brazos derechos.
  • Quizá en la universidad difícilmente enviaremos la revista que diseñamos a producción para un tiraje de 100 mil ejemplares, donde un error podría causarnos un muy mal momento y pérdidas para la compañía, pero a cambio, el no ser específico y puntual en las indicaciones al operador de la imprenta digital, acarreará reimpresiones y con consiguiente, gastos fuera de nuestro presupuesto, que para un estudiante, representan una pérdida igual de dolorosa.
  • Una entrega fuera de tiempo puede tener como consecuencia la pérdida de un proyecto o de toda la cuenta, al igual que en un aula, donde el mismo acto tiene como consecuencia la negación en la recepción del trabajo con su respectiva calificación nula.
  • Cuando se trata de entrega en equipos, siempre hay alguien que acapara, uno que prefiere seguir órdenes, el que se lleva todo el crédito y quien se escuda en los otros para hacerse el loco y trabajar lo menos posible. Igual que en el mundo profesional.
  • En un salón un estudiante hijo de familia, que se levanta tarde, desayuna y come lo que su mamá le prepara, va al gimnasio o a pasear a su perro y luego hace la tarea para entregarla, convive con otro que tiene que trabajar para pagar sus estudios, trabaja en la mañana, va a la escuela por las tardes y en las noches se desvela para hacer las tareas. Exactamente igual en un trabajo real, donde quien tras 8 horas de trabajo, hace la misma rutina del gimnasio y el perro, cerrando con una suculenta cena mientras el de junto sale del trabajo para atender a su familia y su gasto se acaba en colegiaturas, médicos o gastos de la casa. Es una democracia, donde suele pasar que quien se esfuerza más, siempre tendra mayor recompensa, independientemente a las calificaciones recibidas.

El otro lado de la moneda, no pueden dejarse de lado algunos aspectos que hacen muy difícil lograr que esta experiencia sea comprensible para el alumno:

  • La gran mayoría de los universitarios han sido alumnos toda su vida, no tienen la película completa sobre cómo es realmente el mundo profesional. Lamentablemente cualquier emulación del mundo real sigue siendo para ellos una experiencia escolar. En tanto transcurra dentro del salón del clases, sigue siendo escuela.
  • Por lo mismo, una calificación será siempre una calificación, no un equivalente a moneda de cambio, ya que con ella no se puede hacer nada más que intercambiarla por un título, una satisfacción que llegará en un plazo determinado y que es imposible adelantar.
  • La presión escolar es casi siempre equiparable a la que vive un profesionista, aunque el segundo ya pasó por la escuela, y una vez allí logra ver las diferencias en una perspectiva. Quien no trabaja le será imposible compararlas.

 La experiencia de un ejercicio donde la calificación no importa

Con todo esto en mente, he cambiado algunas de las maneras en las que imparto mis clases. Se tratan de clases sobre diseño editorial principalmente, donde las entregas consisten en productos editoriales completos, tales como folletería, libros o revistas.

Un poco harto de recibir trabajos mediocres de alumnos que se conforman con una calificación meramente aprobatoria o suficiente para mantener el promedio, decidí cambiar esta dinámica a un ejercicio en el cual el alumno tenga la necesidad —como en el mundo profesional— de entregar un producto final de excelencia, sin errores. Para ello tuve que sacar la calificación de la ecuación —sin que ellos los supieran— y depender totalmente de la voluntad de ellos para lograr el cometido.

El primer ejercicio lo realicé con un proyecto final: un folleto promocionando ya sea algún punto turístico o sobre gastronomía del lugar. El lugar o platillo lo escogió cada alumno. Ellos no sabían que se trataba de un proyecto final, especialmente porque la fecha de entrega era justo a la mitad del tiempo, como si se tratara de una entrega parcial.

Primera entrega. El resultado de esta primera entrega fue en términos generales mediocre. Por una parte la falta de presión y por la otra el hecho de que ellos no sabían que se trataba solo el primer paso para llegar a un producto final. Al llamarlos individualmente para darles su calificación, lo que recibieron fue retroalimentación muy puntual sobre su proyecto, las cosas que pudieron haber hecho mejor y precisiones de tipo técnico y aplicativo. Se fijó una segunda fecha para la entrega.

De un total aproximado de 45 folletos, solamente uno no tuvo que ser rediseñado y se tomó como entrega final.

El segundo intento. Pensando que era una segunda oportunidad para mejorar calificaciones, todos rediseñaron sus folletos. A algunos les bastó con hacer modificaciones menores, otros más bien tuvieron más cuidado en el armado del dummy y otros más debieron replantear el diseño y la comunicación general.

El resultado de esta segunda prueba implicó un poco menos de una cuarta parte de los folletos ya con la calidad suficiente para considerarlos como finales. Todos los demás recibieron la encomienda de volver a diseñarlos, corregirlos y arreglarlos para una tercera entrega.

Los trabajos finales. La tercera entrega fue la más exitosa de todas. Algunos alumnos comenzaron ya a quejarse sobre los costos que cada reimpresión les acarreaba, pero fue notorio el cambio de actitud de un poco de hartazgo en la segunda entrega, contra la posibilidad de entregar un producto final con mayor calidad.

En esta ocasión, fue menos de una cuarta parte de los folletos los que requirieron de una cuarta entrega, ya en el entendido que se trataba del proyecto final.

A final de cuentas y contra mi costumbre de no topar con dieces las notas finales, el promedio fue bastante alto, pero con un producto final lo suficientemente justificable para ello.

Conclusiones. A final de cuentas, la calificación jugó un papel secundario en el proyecto, una vez que los alumnos se dieron cuenta del propósito de la entrega. A partir de la primer repetición del trabajo, la presión de una calificación aprobatoria fue cambiando hacia el tedio de repetir el mismo trabajo, que a su vez mutó a la presión de entregar productos finales con mayor calidad, con tal de no tener que gastar más y terminar lo antes posible.

Este mismo modelo lo que aplicado en otras materias y los resultados han sido bastante prometedores. Los alumnos se sienten más orgullosos de sus trabajos y al retroalimentar públicamente los productos, se tiende a crear un ámbito más competitivo, subiendo el promedio de creatividad, técnica y ejecución.

Al igual que lo expuse en el planteamiento inicial, es sumamente difícil emular la realidad profesional en el salón de clases, pero se pueden extraer elementos independientes y hacerlos conscientes a los alumnos con la finalidad de que en el futuro, puedan sentirse orgullosos de sus avances.