México es un país que mata a sus presidentes, para ser más correctos, los destierra de su país.

Recuerdo perfectamente un par de escenas que sucedieron en 2004. En febrero murió el expresidente de México José López Portillo y casi 4 meses después Ronald Reagan, su homónimo norteamericano. En el segundo vi la transmisión en vivo por cable: fue una ceremonia solemne. Todos sentados, con un silencio imponente, mientras las fuerzas armadas trasladaban el féretro, no sin antes un servicio religioso, con honores y la entrega de la bandera a su viuda, una ceremonia que siguó tras hacer los debidos honores en el capitolio en Washington.

Cuatro meses antes, los noticieros nacionales anunciaban la muerte de José López Portillo. Los noticieron transmitieron las escenas de un entierro en zona hostil, difícil, con la familia allegados del expresidente entonando el himno nacional para tapar los gritos y consignas de muchas personas celebrando la muerte de un hombre que alguna vez llevó la banda tricolor y que dañó tanto al país.

Hace poco realicé un viaje a Washington, D.C. y debo confesar que me causó una grata impresión el National Mall, una gran explanada de 4 km de largo, donde como si formaran una cruz se encuentran en un extremo el Capitolio, la Casa Blanca, el mausoleo al expresidente Thomas Jefferson y en el último extremo el famoso monumento de Abraham Lincoln. Al centro, el obelisco en honor a George Washington, el Miguel Hidalgo de aquellas tierras.

También pude visitar cuanto museo se presentaba y me quedo con el gran respeto que Estados Unidos tiene a sus presidentes, que hasta cuentan con un día feriado para honrarlos. Hoy día vemos a Jimmy Carter trabajar públicamente a través de su centro de estudios, a William Clinton participar en la vida política de su país y junto con el más criticado, George W. Bush, encabezar una fundación especial para los damnificados en Haití.

De este lado de la frontera, tenemos a Echeverría arraigado socialmente en su casa, a Miguel de la Madrid en el olvido, a Carlos Salinas como la imagen viva del diablo y junto con Ernesto Zedillo en el exilio y a Vicente Fox como un ranchero inculto venido a presidente. Los recuerdos de cada uno son: Echeverría como el multihomicida del 68, De la Madrid como el inepto que no supo qué hacer en el temblor del 85, a Salinas como el gran ladrón de México, a Zedillo como el que no pudo frenar el error de diciembre y Fox como el hombre que le quitó dignidad a la presidencia. No lo digo yo, seguramente ahora que lees ésto asentiste en cualquiera de estas descripciones.

No pretendo tapar el sol con un dedo y decir que han sido grandes hombres. Pero tampoco lo han sido los presidentes norteamericanos que aún están vivos. George Bush es recordado por sus frases célebres y las metidas de pata que tuvo durante su mandato. Junto con su padre, su carácter bélico y obstinación por llevar a Estados Unidos a guerras sin justificación, a William Clinton como un adúltero y así nos seguimos. Sin embargo, la diferencia radica en términos muy esenciales: en el respeto a la institución presidencial.

Mi pregunta es la siguiente: ¿Acaso ninguno de nuestros expresidentes sería capaz aportar positivamente algo a la vida moderna de México? Nuestros presidentes no son blanco o negro. Por ejemplo, Carlos Salinas —a mi modo se ver el más brillante de todos—, creó un estado económico moderno y de crecimiento y sin embargo lo hemos desterrado, física y políticamente. Perdió el piso al final de su mandato y causó un efecto de crisis que Zedillo tuvo que solucionar. Al igual que él en su momento, quizá hoy Calderón podría contar con el apoyo de los expresidentes en la guerra contra el narco que libra nuestro país. Presidentes, como una institución, son pilares que podrían ayudar a México a crecer y sin embargo los ignoramos, los insultamos y vemos con desprecio. Los matamos en vida.

No es otra cosa sino nuestra falta de cultura y patriotismo —si leyeron bien, México en este sentido no es un país patriota— ya que nos impedimos sumar fuerzas para crecer. Convertimos en héroes o villanos —más villanos que héroes— a nuestros gobernantes. Olvidamos que Porfirio Díaz presidió el periodo de mayor bonanza en la historia moderna de México y lo dejamos como un dictador por 27 años. Ha sido el presidente que ha hecho más obras públicas en la historia pero fue un dictador por 27 años, mantuvo la economía sana con una paridad de 1:1 con el dólar pero fue un dictador por 27 años, puso a México en el mapa internacional pero fue un dictador por 27 años. Su obra fue más grande que la de la mayoría de los presidentes modernos y no existe un solo monumento en su honor… porque fue un dictador por 27 años.

Si en verdad queremos cambiar a México y hacerlo un país más justo, debemos comenzar por ser justos. Empezar a ver a nuestros presidentes con respeto, no al hombre sino a la institución. Todos hacen cosas malas, en México, en Estados Unidos, en Inglaterra, en Brasil, en España, en Noruega, en todos lados, pero debemos procurar, por el bien de nuestro país, quedarnos con lo bueno, porque eso nos hará más ecuánimes a la hora de juzgar. Basta ver los comentarios en las redes sociales, en las pláticas de café, en todos lados, para darnos cuenta que somos nosotros mismos quienes no dejamos actuar a nuestros gobernantes. Imagínate a Calderón caminando por la calle de tu casa. ¿Crees que podría llegar al otro lado sin recibir una pedrada o algún golpe?

Es urgente cambiar nuestra visión de México. Quienes nos gobiernan vienen de nuestras calles, de nuestras comunidades, de nuestras ciudades. Si son corruptos es porque nosotros somos corruptos. Si ignoran al pueblo es porque nosotros también ignoramos. Si son flojos es porque nosotros también somos fojos. Si son aprovechados es porque nosotros también lo somos. Si son agresivos es porque nosotros también lo somos.

Ojalá algún día podamos ver a presidentes en monumentos y honrarlos como a Benito Juárez o a Venustiano Carranza. Y ustedes futuros presidentes, sean los mexicanos que nosotros queremos ser.