Un día, en segundo de secundaria veía a mis compañeros de la secundaria prestarse discos: Ghostbusters, Square Rooms y I Wear my Sunglasses at Night (De Ray Parker Jr., Al Corley y Corey Hart respectivamente) y me dije a mí mismo: “Mí mismo, ¿te sabes las canciones?” La respuesta era sí. Llegando a mi casa prendí el radio y no lo apagué hasta el año 2000 (15 años después). Pasé por La Pantera 590 AM, 103 FM, Radio Hits 97.7, WFM 96.9, Radioactivo 98.5 y Alfa 91.3.

Lo que me gusta de la música, entre otras cosas, es el poder que tiene de trasladarte en el tiempo y volver a sentir lo mismo que cuando la escuchaste por vez primera o en alguna ocasión especial. Nunca fui comprador compulsivo de discos, tenía muchos, pero mi verdadera afición era grabarlos del radio. Tenía presionados los botones de REC y PAUSE al mismo tiempo en la cassetera y preparado para cachar la canción que esperaba.

Tiempo después, en 1990 tuve mi primer reproductor de CDs. Grabé un cassette con INXS, Alphaville, George Michael, Pet Shop Boys y Heart, mis primeras recompras en ese formato. Era mi cassette número 7, justo antes de salir a la playa, así que lo bauticé como Rockhits y me dispuse a hacerle una portada muy cuca de un surfista corriendo hacia las olas entre palmeras y el sol de fondo. No me salía el surfista, así que tomé una playera de Ocean Pacific, —marca de ropa playera por excelencia de finales de los ochentas— y copié el diseño de una tabla de surf muy grande con una persona sosteniéndola por detrás. Me encantó. Perdí el cassette y lo voilví a grabar, pero conservé la portada.

Años más tarde, en la universidad había perfeccionado mi arte de dibujar palmeras. Había hecho posters, tarjetas de presentación y más portadas de discos con temas de mar y playa. El tiempo pasó y fui olvidándome de la idea. En vísperas del nuevo milenio grabé mis primeros CDs y pasé mi colección de Rockhits al formato digital. Más de 50 discos. Años después me compré una caja de discos donde podía tener cargados hasta 10 al mismo tiempo en el coche. Después, otra con reproductor de MP3. Descubrí Napster y me dispuse a rescatar una gran cantidad de canciones que estaban perdidas en el novedoso mundo del internet. Salió iTunes y se inauguró mi librería. Aunque seguía grabado discos sabía que era el inicio de una nueva era gracias al recién creado iPod, aún sin la posibilidad de escucharlo en el coche. Logré abrir una cuenta de iTunes en Estados Unidos, una más en Inglaterra y hasta el año pasado la recién abierta en México.

El tiempo pasó encima de mí y me dejó un año cada 12 meses. A mis 37 me llegó la crisis de los 40, un poco adelantada. Me abordó una profunda reflexión sobre mi vida, compré un coche y una serie de caprichos que tenía reprimidos. Pasó y llegó Facebook, me encontré con mis amigos de la secundaria, de los campamentos, familiares lejanos, viejos amigos, al tiempo que compré más música que aún no me acordaba. Cada vez que me encontraba con alguien me regresaba en el tiempo, entraba a iTunes y compraba la canción correspondiente. De esa forma vinieron a mí Aerosmith, Men Without Hats y Nacha Pop, junto con un desfile de sencillos envidia de Martín Hernández y Alejandro González Inárritu.

Pasó la crisis de los 40 hace dos años y hoy, que llego a la edad del miedo, escucho mi música más que nunca, hago ejercicio, trabajo en lo que me gusta, vivo con la mujer que amo, tengo una familia que me quiere y me hace fiestas sorpresas y doy gracias a Dios todos los días por lo que tengo y lo que no. Hago un examen sobre lo que he conseguido y me doy cuenta que mis metas siguen vigentes, algunas más distantes y otras ya corregidas. Muy pocas cumplidas —gracias a Dios, porque si ya las hubiera realizado estaría listo para morirme—. Digamos que llego a mis 40 contento, con retos y con un motivo para vivir cada día, mientras escribo en mi blog, cuya portada es vivo recuerdo de una época en que comencé a soñar y a vivir.