Había una vez un mecánico que buscaba clientes nuevos, su misión era “al cliente lo que pida, total, él es quien paga”. Un día llegó un cliente que creía que sabía mucho sobre mecánica y le dijo:

—Necesito que me arregles mi coche. Tiene un ruido en la transmisión. Ya lo estuve revisando, solamente le pasa cuando ya se ha calentado el auto.

El mecánico lo despacha y le pide que le llame por la tarde para darle el estatus y presupuesto. Al revisarlo, se da cuenta que no es la transmisión como pensaba su cliente, sino la banda del motor..

Por la tarde, le comentó:

—Ya encontré la falla, pero no está en la transmisión.

—Estás seguro —le inquirió el cliente— te juraría que es la tranmisión, por favor revísala de nuevo.

—Lo haré. pero créame que sé lo que hago.

—Yo lo sé, no te quiero decir cómo hacer las cosas, pero estoy seguro que es la transmisión.

El mecánico entonces colgó, le dio unas vueltas a los tornillos y al día siguiente se lo entregó. En la nota se leía: “ajuste de transmisión”.

El cliente se fue y ya nunca regresó. Un día, el mecánico hablaba con otro colega y entre las pláticas sobre la chamba le dijo:

—Una vez llegó un cliente muy molesto porque le llevó su coche a un mecánico, le cobró algo en la transmisión que no estaba dañado y se molestó tanto que lo trajo conmigo para que le encontrara la falla. A final de cuenta no era lo que él pensaba, sino la banda. Se lo arreglé y ahora soy su mecánico de cabecera.

La moraleja es: aunque cliente sabe lo que quiere, a veces no lo sabe; aunque el diseñador sabe que lo que el cliente necesita, no siempre es lo que vende.