El dicho de que cada 100 años hay un suceso que cambia el destino del país parece ser cierto. Hasta mayo muchos pensamos que ese evento sería que ganaríamos el Mundial, creo que erramos. Hace 200 años la lucha fue por la independencia, hace 100 por la revolución; ambos movimientos sociales que buscaban una mejor vida para los mexicanos.

Con lo que nos quedamos de estas experiencias es el fallo de ver las cosas al largo plazo. Los mexicanos, con sangre latina, somos mucho más viscerales y tendemos a actuar rápido, a corto plazo. Lo vemos de forma muy clara cuando hay tragedias: salimos a las calles en bandada para proporcionar ayuda al por mayor – también somos generosos –, pero así como se inunda un poblado, de la misma forma nos olvidamos de él, hasta que al siguiente año vuelve a suceder lo mismo y la historia se repite.

Si México fuera una persona, sería alguien que prefiere gastar el dinero en lugar de ahorrarlo, que le gusta tener un buen auto aunque esté endeudado y que cada mes acude al banco para reestructurar su deuda, y cuando sale lo festeja comiendo en un buen restaurante.

A la larga, este estilo de vida va a terminar por acabar con nosotros y lo está haciendo. Comenzamos con el huracán Gilberto en Cancún que se llevó más de la mitad de la playa, los huracanes se fueron multiplicando. Después vivieron las lluvias. Comenzaron en Tabasco, donde se repitió al año siguiente, pero en lugar de una sola población afectada fueron dos, tres y así. Hoy, en 2010 y como resultado del cambio climático, hay desastres en Nuevo León, Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Veracruz resultado de las intensas lluvias. Huracanes nos han golpeado en el Pacífico y el Caribe, pasando por el Golfo de México y el Mar de Cortés. A estos daños además, hay que sumarles las inundaciones en el Distrito Federal y área conurbada, que aunque a menor escala, son igual de desastrozos en la cantidad de gente afectada.

Este año debemos replantear a este país en una nueva realidad que tarde o temprano nos va a forzar por cambiar nuestro ritmo de vida. Se nos está acabando el petróleo y pronto deberemos buscar alguna otra forma de ganar dinero; vivimos una guerra contra el narcotráfico que terminará por afectar enormemente el turismo en nuestro país, además que se nos acaban los brazos para ayudar a tantos mexicanos en desgracia.

Una foto tan caótica de México nos debe forzar a sentarnos en la mesa y plantear la idea de un nuevo país, donde forzados por la circunstancias habrá que emprender cambios sustanciales en la forma en la que vivimos y revivir planes que hemos dejado en el tintero.

La idea de fundar nuevas ciudades para aglomerar a tantas microcomunidades indígenas en un solo espacio, pudiendo proveer de servicios más efectivamente se ve forzada por resguardarlos en un lugar seguro contra eventos naturales. Buscar alternativas de recaudación más allá del petróleo y el turismo deberá plantear un nuevo ritmo de la economía.

La clase política, motor de todos los cambios que deben darse, se encuentra al borde del colapso. Estamos por llegar al punto de “no retorno” en el cual las decisiones que tomemos nos marcarán para el futuro. Hoy, más que nunca, la sociedad está participando activamente y gracias a las redes sociales podemos tener mayor cercanía con quienes nos gobiernan. La presión y exigencia a tomar decisiones a largo plazo debe ser una tarea comunitaria para lograr que las cosas pasen y el país se mueva a esa revolución que, según nuestro calendario, hoy toca.