Imagínense una cita donde se reúnen viejos colegas después de un rato de no verse:

—George Washington quería que nos viéramos en un Starbucks, pero la verdad, a mí me gusta más el Café Punta del Cielo, así que lo obligué a probar este café que creo lo supera por mucho—, le dice Miguel Hidalgo al cajero que le toma la orden, mientras el prócer de la independencia norteamericana lo espera ya apartando una mesa, cerca de la ventana, para ver pasar a la gente.

Ambos tienen muchas cosas que compartir: como líderes en su tiempo, la charla comienza con anécdotas sobre cómo se dieron cuenta que sus países requerían un cambio de fondo, cómo tuvieron que actuar orillados por las cinrcunstancias y cuándo pasaron esa línea de “no retorno”, donde un país entero los seguía esperando órdenes para proceder.

—La responsabilidad fue demasiada, cada decisión que tomas tiene fuertes repercusiones. Te cuesta vidas incluyendo la tuya —afirma Washigton mientras Hidalgo no hace más que asentir.

—Pero aquí estamos. Con nuestros nombres en las calles principales, en las escuelas, billetes y hasta tenemos estados bautizados en nuestro honor. La gente nos recuerda con cariño y nos respeta. Valió la pena.

Tras echarse porras mutuamente, comienza la reflexión sobre qué han hecho los mexicanos y norteamercianos con sus respectivos países.

—Creí que Tejas era tuya

—Yo también, pero veo que ahora hasta se escribe con “x”, como México.Tampoco tengo ya a Arizona, California y Nuevo México.

—Bueno, pero mira lo bueno— replica Washington— los dos tenemos congresos, presidentes, democracias, aunque después de nosotros fueron necesarias guerras internas para ponernos de acuerdo.

—Sí, hemos tenido otros héroes que han contribuido con nuestra libertad: con ustedes: LIncoln y Luther King; por acá tuvimos a Juárez y a Madero.

Entre actualizaciones, risas y reflexiones transcurre la tarde, se van soltando los dos y la charla se torna más profunda y reflexiva.

—¿Por qué somos tan diferentes entonces Miguel?, ¿dónde separamos nuestros caminos y cada quien tomó rutas diferentes? Me duele mucho afirmarlo y ver cómo somos naciones muy antagónicas. A nosotros nos siguen, mientras que ustedes aún no se deciden qué tipo de país quieren? En las últimas elecciones la mitad votó por un proyecto de nación y la otra mitad por otra.

—Veo a mis connacionales llenos de odio y rencores—afirma Miguel Hidalgo, apenado y cabizbajo, mirando hacia su interior— a los extranjeros los tratamos como reyes, pero nos rehusamos a ser otra vez los “conquistados”. Pero el problema es entre nosotros, creo que no nos queremos. Nos ninguneamos mucho. Estamos orgullosos de nuestro pasado, pero realmente no queremos regresar a él, despreciamos a nuestros indígenas y a todo aquel que tenga la piel morena. Creo que en el fondo, seguimos conquistados y apantallados por los cabellos claros.

—Quizá, en el fondo, necesitan un héroe más. No alguien que le hable bonito al pueblo, porque eso solamente traerá más odio y rencor, sino alguien en quien todos puedan congeniar y que pueda hacer que los demás congenien, que ponga a todos de acuerdo, que sepa negociar y tenga una visión de país donde todos quepan. Tú y yo somos religiosos, y recuerda que en la Biblia dice que siempre habrá pobres. No conozco un solo país sin pobres, pero la diferencia está en la creación de oportunidades, de opciones para que cada quien pueda funcionar mejor, pueda ser más productivo. Mira en lo que nos hemos convertido —y señala rumbo al Norte—, tenemos a muchos de ustedes allá, y son productivos. Parte de nuestro éxito es por su trabajo, no es la gente, es la mentalidad y el sistema que han creado.

—Es verdad —afirma Hidalgo— hoy por hoy hay gente valiosa, que trabaja, que procura hacer un mejor país. Hay mucha desigualdad, pero hay quienes ante la desgracia culpan al gobierno y se manifiestan abiertamente. Por otro lado, están quienes se levantan temprano, que salen a trabajar y regresan tarde a casa, que tienen deudas que pagar, que compran casas y autos con su esfuerzo. Pero somos igualmente injustos con ellos, porque no se quejan pero también sufren desigualdad. Son asaltados, secuestrados, abusados por las autoridades y hasta usados como carne de cañón por los populistas para que los pobres los vean como todo lo que te dije: abusadores, explotadores e injustamente beneficiados.

—¿Ya ves? —interrumpe Washington categórico—. Todos siguen siendo iguales, siguen sufriendo lo mismo. Necesitan a alguien que pueda hacer que todos se vean como iguales, como una nación.

—Una nación… —reflexiona Miguel Hidalgo mientras da sorbos a su café capuccino— quizá aún nos falta más camino y alguien que nos ayude a encontrarlo…

Y así transurre la tarde. Nosotros de metiches, saquemos nuestras propias conclusiones.