La tienda insignia de Abercrombie & Fitch en la quinta avenida de Nueva York tiene el común denominador que todas las demás: Persianas de madera que oscurecen el interior y solo la luz directa deja ver la ropa exhibida, música a todo volumen, un olor inconfundible y los “modelos”, como se les llama a los empleados (en otras empresas se llaman “asociados”, por ejemplo) paseándose por toda la tienda. Sin embargo, esta tienda, de cuatro pisos, tiene en las escaleras unos murales finamente elaborados, con retratos de constructores y trabajadores de distintas épocas. Lo que me llama la atención es el trabajo tan elaborado de estos retratos, comparables con los que hiciera Diego Rivera en su época (con todas las proporciones guardadas, claro está).

Por otro lado, en un centro comercial de la misma ciudad, se exhiben en plena época mundialista una serie de cuadros de cada una de las selecciones que jugaron en Sudáfrica. La exposición cuenta pues con 32 cuadros es patrocinada por ESPN —canal de deportes que tiene la exlusiva de transmisiones de los partidos en Estados Unidos— en donde cada selección aparece de forma autóctona. La de México, por ejemplo, muestra al técnico Javier Aguirre y a varios seleccionados parados sobre una pirámide, como estudiando la forma de apoderarse de todo lo que está a sus pies.

Finalmente, la tienda de All Saints Spitafields en SoHo, en cuya vitrina aparecen cientos de máquinas de coser de mediados del siglo pasado, perfectamente formadas, ocupando todo el escaparate y muy al estilo de las latas de sopas Campbell’s de Andy Warhol. Igualmente en su interior, un maniquí vistiendo la ropa de la marca sentada sobre una silla eléctrica real. Una imagen tan estremecedora como las que se pueden ver constantemente en los museos de arte moderno actualmente.

All Saints Spitafields en SoHo

Estos tres ejemplos sirven para ilustrar lo que creo es una muy fuerte tendencia. Si bien el arte siempre ha caminado sobre una línea muy delgada que la separa de la mercadotecnia y publicidad, hoy en día los mecenas del arte son precisamente las grandes marcas cuyo principal objetivo es decorar sus tiendas de forma espectacular. Basta con acercarse a las tiendas de Nike o Adidas, a los aparadores de Louis Vuiton o de Zara para ver la ropa y productos que venden en un ambiente perfectamente pensado, muy creativo y original, digno de cualquier museo de arte contemporáneo.

No considero esta tendencia como algo malo, puesto que la visión y el talento se mueven hacia donde hay tierra fértil para la creatividad, pero estas manifestaciones, al estar tan de cerca con elementos efímeros como son las temporadas de moda o los grandes eventos masivos, tienden a desaparecer con la misma rapidez. Cuando Abercrombie & Fitch dé un giro en su forma de mercadotecnia seguramente desaparecerán los murales tan elaborados, así como las máquinas de coser o la silla eléctrica.

Por el contrario, por poner solo un ejemplo, si uno camina por las calles de Ciudad Nezahualcóyotl en la ciudad de México —zona popular y muy populada—, la carencia de elementos visuales es total, las casas se ordenan una tras otra indefinidamente y solo se interrumpen por pequeñas tiendas de barrio, calles congestionadas o algún parque. La ruptura entre el arte y las clases bajas está en proporción directa al goce de un buen aparador en una tienda de lujo. Mi pregunta es ¿no habrá alguna forma de revertir ésto?, ¿de buscar que el arte tan efímero que adorna los aparadores se traslade a este otro donde ni siquiera las casas tienen pintura?

Creo los gobiernos y las empresas privadas tienen una gran oportunidad para crear una forma alterna para disfrutar este arte tan desperdiciado. No hablo de crear museos o exposiciones al aire libre, sino de una integración a la configuración y estética citadina.

Hablo del metro (en París, las estaciones de la línea principal, cada una tiene un tema distinto y es permanente; en México la estación Insurgentes, por ejemplo, está ambientada como si fuera una estación en Londres o la de Bellas Artes, con piezas prehispánicas), de las estaciones de autobuses, de las plazas públicas, de los parques que se forman en los distribuidores visuales, de las oficinas de gobierno, en fin, de instancias que no cambian fácilmente y que no están sujetas a modas, eventos o ambientes comerciales. Sería una gran ganancia para la población y para las ciudades, para no detenerse en la historia sino mantenerse vivas, vigentes y siempre interesantes.