Lo mejor que me pudo haber pasado fue la necesidad de rentar un coche para ir de la ciudad de Campeche a Champotón, pequeño poblado a 70 km. La carretera es de cuota no es producto de un trazo complicado o muy accidentado, más bien la necesidad de romper la selva, demasiado espesa, muy difícil, muy verde. La segunda mitad del camino es un regalo, sin que la selva desaparezca, cede el lado derecho al mar, agitado y atormentado por el clima, nublado, pero húmedo a más no poder.

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La ciudad de Campeche es amurallada, con un malecón que le permitió ganarle espacio al mar, parece demasiado espacio, muchos carriles: uno para caminar, para correr, para andar en bici y finalmente la de los autos. Es muy fácil respetarlos porque en ningún momento hay demasiada gente.

A escasos 50 metros está la muralla que protege a lo que antes fue la ciudad entera, ahora el centro histórico, Patrimonio de la Humanidad. Adentro, la infaltable iglesia, el centro con su kiosko al centro y la multitud de casas llenas de color que le dan una vida muy caraterística.

Campeche es tranquila, no hay muchos coches ni mucha gente, todo va despacio, te da tiempo de todo. Siempre.